sábado, 19 de marzo de 2016

LA BUENA EDUCACIÓN

A mi padre

​Uno de los pequeños, el de once años, mira a su padre tras la indicación: apenas un vago movimiento de cabeza, el mentón ejerciendo de dedo índice. También mira un instante hacia los demás rostros curtidos. Duda un momento. A unos diez metros, contra la luz declinante del atardecer, se recorta la figura de El Tuerto, el capataz de la hacienda. El pequeño, con paso receloso, avanza atenazado por su timidez, y observa el parche que cubre el ojo ciego del capataz, el ojo blanco pavoroso que un día les mostró a él y su hermano ante las carcajadas del resto de jornaleros, ante la sonrisa cómplice de su padre. De repente, se siente atravesado por la intensidad acuosa del ojo sano, que parece querer compensar el déficit de su mirada mutilada. La boca del capataz esboza una mueca ambigua: otra asimetría en el gesto. El pequeño llega a su altura. Y El Tuerto le extiende un papel y una plumilla: "Firma ahí abajo, Andresín". El pequeño Andrés titubea: nunca le han hecho firmar nada. Con pulso indeciso, escribe sus iniciales y las emborrona con un garabato, como ha visto hacer alguna vez a su padre. El Tuerto sonríe y le revuelve el pelo con su mano callosa: "Muy bien, chaval". 
​El pequeño regresa con paso más ligero: casi han desaparecido el temblor y el peso que lastraban sus movimientos. Se coloca al lado de su hermano pequeño, a quien se dirige ahora el padre, de nuevo con los ojos y el mentón. Pero el hermano pequeño agacha la cabeza, aprieta los labios y niega con la cabeza. El padre advierte, de reojo, las miradas expectantes del resto de jornaleros y tensa el semblante. "¡Lolo!" El pequeño Andrés agarra tímidamente a su hermano del brazo y le da un leve estirón hacia delante. Pero Lolo se resiste: se cruza de brazos, hunde todavía más los ojos, frunce el gesto y niega otra vez. 
​El padre siente en el cogote las sonrisas del resto de jornaleros, los ojos que van y vienen. Y una primera exclamación: "Hostia, Rafael". La voz del padre se expande, "¡Lolo!". Entonces, desde la distancia, aletea el graznido de El Tuerto: "Estos niños se te suben a la chepa, Rafael, se te suben a la chepa". Y, acto seguido, un coro de risas remata el graznido y transforma la tensión del padre en una cólera que activa su cuerpo: avanza hacia el menor, lo agarra del brazo, lo estira hacia delante. Pero el pequeño sigue resistiéndose. Los dos primeros manotazos, secos, contenidos aún, los recibe en el culo. El cuerpo de Lolo da dos respingos y las manos, instintivas, acuden al primer foco de dolor. El pequeño, sin embargo, sigue anclado en su rebeldía. El padre, entonces, lo coge de la oreja, se la retuerce, desde ahí intenta tirar de él, pronuncia su nombre entre dientes, Lolo, Lolo, Lolo no me jodas, y Lolo que lanza un primer aullido, pero Lolo que se resiste, nadie entiende muy bien por qué, tú tampoco, pero Lolo se resiste, y el padre lo suelta, lo suelta y se retira un paso, solo para coger impulso, solo para convertir sus brazos en dos aspas que descargan contra el pequeño cuerpo toda la ira y la vergüenza acumuladas. Uno de los golpes ciegos tumba a Lolo, que, al caer al suelo, se ovilla para protegerse. 
​Los manotazos cesan. Y entonces cristaliza un silencio que enmarca los pasos arrastrados del padre al retirarse, su respiración agitada. Oyes ese silencio. Hace muchos años que lo oyes en todos sus matices. Y hace muchos años que contemplas, como ahora, al revivirlo, el cierre de la escena: tú que te acercas a tu hermano, tú con tus lágrimas, tus lágrimas y las de Lolo, las lágrimas de los dos, tú que te acercas a tu hermano y lo abrazas, y tu abrazo que se transforma de pronto en un único sollozo impotente. Tu abrazo. Aquel abrazo. Tu abrazo interrumpido, de pronto, por el nuevo graznido de El Tuerto, que aletea furioso desde la distancia, antes de dar paso, otra vez, al coro de risas: "Vaya par de maricones estás criando, Rafael, vaya par de maricones".

lunes, 11 de enero de 2016

EL REVERSO DE LA HERIDA

Hay un silencio de ídolo caído, a pesar del rugido del motor. El chico de quince años, desde el asiento de atrás, observa el perfil mineral de sus tíos. Y sigue concentrado en ese silencio como de algas que anestesia su memoria. De repente, despunta un sonido delgado  y grotesco que rompe ese equilibrio. Una pieza desajustada de la furgoneta, quizás. El sonido es la hoja desdentada de una sierra, la risa de un duende esquizofrénico. El ruidito persiste, en el tiempo y en su ridiculez. E irrumpe, efervescente, en la cabeza del chico, quien comienza a experimentar un cosquilleo intenso por detrás de la nariz.
A continuación viene la mueca: se abren las aletas nasales, las comisuras de los labios se estiran y las cejas se arrugan. El chico intenta contener una fuerza que arranca desde algún lugar oscuro, impulsada por el chirrido cínico y persistente. Pero el estallido es inevitable. Al chico se le escapa una risa nerviosa, acompañada de un movimiento frenético de hombros. Al cabo de pocos segundos, sin embargo, ese sonido de rueda pinchada va abriéndose lentamente. Y se retrae para tomar impulso: se desplaza hacia la epiglotis, hacia la laringe, hacia la conciencia. Desde esas profundidades, la risa emerge de otra forma, inflamada y llena de aristas, resquebrajada, también, e impregna el interior de la furgoneta de un relieve macabro. Ahora es una risa gigantesca y negra. 
La tía, entonces, se vuelve ligeramente: ha empezado a llorar otra vez. El tío conserva su perfil mineral, mientras aminora la marcha, realiza un par de maniobras y estaciona la furgoneta. El ruidito por fin cesa. La carcajada, también. Y se impone de nuevo el silencio, aunque ya no sea el mismo. Los tres bajan del vehículo. Abrazados y cabizbajos, se encaminan hacia la entrada del cementerio.
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El oscuro relieve del tiempo. Figueres: Cal·lígraf. 2015

lunes, 21 de diciembre de 2015

SOLAS

El rugido de siempre la expulsa del sueño, el sueño como intervalo precario del miedo: el padre blasfema mientras va y viene, mientras golpea lo primero que encuentra a su paso. Ahora parece que arrastra una escalera. Y el rugido vuelve: ni se os ocurra tocar el cuadro de la luz, ¿me oís, desgraciadas?, ¿me oís, las dos?, voy a ver si arreglo la puta lámpara.

Entonces la niña se levanta sigilosa, coge un taburete, camina por el pasillo, dirige sus ojos temblorosos a la puerta entornada tras la que está el padre, y avanza, con sus pasos de arena, hacia el recibidor. Un pequeño sobresalto al llegar: allí está la madre, que, al notar su presencia, la mira con el ojo que puede mantener abierto. Las dos observan un momento el cuadro de la luz. Vuelven a mirarse: tres ojos encharcados que hablan con un miedo antiguo. La niña asiente. Asiente mientras aprieta la mano madre.

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Este microrrelato llegó a las deliberaciones finales del VI Microconcurso de La Microbiblioteca en el mes de noviembre. Junto a conocidos y amigos como Rafael Olivares, David Vivancos y Elisa de Armas. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

LECTURA DE MICRORRELATOS DE "EL OSCURO RELIEVE DEL TIEMPO"


El pasado lunes 16 de noviembre tuvo lugar la presentación de El oscuro relieve del tiempo en la Llibreria Alibri, de Barcelona. Durante el acto, leí algunos microrrelatos, con la colaboración de mi hermano Rafa Teruel, que me acompañó con la guitarra. Aquí dejo algunos vídeos. 


"Definición de amor"



"Corazón" y "El maquinista" 


"Across the universe"



jueves, 12 de noviembre de 2015

PRESENTACIÓN EN BARCELONA DE "EL OSCURO RELIEVE DEL TIEMPO"


El próximo lunes 16 de noviembre, a las 19:30, en la Llibreria Alibri, presentación de El oscuro relieve del tiempo. El evento contará con la presencia del autor, la ilustradora y el escritor Jesús Esnaola, que presentará el acto. 



domingo, 9 de agosto de 2015

NOTA EN EL DIARI DE GIRONA



“Escribir es un viaje que no cesa nunca”

CONJUNTO DE RELATOS. Iván Teruel publica El oscuro relieve del tiempo, (Edicions Cal·lígraf), una serie de microrrelatos intensos, acompañados por las ilustraciones de  Mercè Riba, en los que aborda temas de acuciante contemporaneidad y en los cuales el tiempo es su denominador común y protagonista.




Por Matías Crowder

Intentó soplar un globo hacia adentro. Y al aspirar, el globo se le quedó en la garganta, asfixiándolo. Este hecho es el eje de uno de los cuentos. Lo toma de un episodio auténtico de su infancia y lo vuelca al papel en su nuevo libro, El oscuro relieve del tiempo. Licenciado en Filología Hispánica, Iván Teruel (Girona, 1980) vive en el Alt Empordà, desde hace cuatro años, donde es profesor de educación secundaria. 

Los cuentos de El oscuro relieve del tiempo son una serie de microrelatos logrados, donde la falta de sensación de seguridad y confort en la lectura parece la búsqueda de anticuerpos para quien los lee.  

Si lo que dice Vargas Llosa es cierto, que la escritura funciona como exorcismo de los demonios personales del escritor, Iván Teruel parece de acuerdo con ello: ”a pesar de que para mí la escritura todavía es un proceso un tanto tortuoso, siento una necesidad difusa de escribir, de darle forma a las historias que se me ocurren. Sólo después me doy cuenta de que, durante el proceso, el inconsciente ha ido trabajando en paralelo, de forma soterrada. Y entonces me percato de que hay una serie de obsesiones que me persiguen, de cuya magnitud, sin embargo, no era del todo consciente antes”, comenta.

Nacido en el barrio de Santa Eugenia de Girona, a los cinco años su familia se fue a vivir a Salt. A pesar de ello siguió estudiando en el colegio Santa Eugenia y jugando al fútbol muchos años en la Unió Esportiva Can Gibert. “Girona, para mí, durante mucho tiempo fueron los barrios de Santa Eugenia, Can Gibert y, parcialmente, San Narciso. Barrios obreros, como se ve. Quizás por eso siempre percibí el centro de la ciudad como un lugar distante y más bien frío. Durante los cinco años que cursé la carrera de Filología en la Facultad de Letras tuve esa sensación”, comenta. Ahora que lleva varios años por tierras ampurdanesas, y frecuenta menos la ciudad, ha sido cuando he empezado a apreciarla de otra forma. “He tenido que verla con ojos mitad foráneos, mitad nostálgicos para reconocer el vínculo emocional que me une a ella en su conjunto”, reconoce.

Iván Teruel empezaría a escribir de manera más metódica hace cinco años cuando, como muchos otros “rooquies” de la literatura, abrió un blog literario en el que fue colgando textos. Y entonces empezó a viajar. Porque, según asegura, “escribir es un viaje que no cesa nunca”. 

Como profesor de instituto, comenta que acercar la literatura a los adolescentes es a veces más difícil que escribir un libro. “Llevar la lectura a los jóvenes depende de circunstancias complejas. Hay entre los adolescentes un rechazo acusado y generalizado por la misma. A eso se añade, en la actualidad, una sociedad marcada por el componente audiovisual, por el bombardeo permanente de información en las redes, lo que lleva, muchas veces, a un conocimiento fragmentario y superficial. Se trata de esa especie de mariposeo cognitivo que nos sume en un estado de impaciencia permanente, vivimos pendientes en todo momento de la novedad, esclavos, de repente, de la inmediatez. En esa ecuación, el papel del profesor aparentemente sería bastante residual. Aunque prefiero creer que no. Prefiero creer que tenemos la capacidad de generar, de vez en cuando, la chispa que enciende la mecha”, comenta.

“Muchas veces he deseado haber tenido una infancia más dura para poder resultar más genuino en lo que cuento”, asegura Teruel en referencia a la dureza de sus textos. 

Derrota, dolor, penumbra, son algunas de las palabras en que giran los títulos de sus relatos, no sin razón. La cara oculta de nuestra condición, al fin y al cabo, aquella que escondemos tras los prejuicios, los mitos, la moral, la religión o la ideología. Y como contrapeso de toda esa oscuridad. “La oscuridad también nos designa. Forma parte indisoluble de nosotros. El contrapeso a todo eso es el propio impulso vital, la energía que nos mueve a querer ser felices a pesar de todos los palos en las ruedas que nos encontramos en el camino”. 

“El tiempo es una ficción”, asegura el autor, “una creación humana que busca ponerle un contorno al caos, al cambio incesante que define nuestras vidas. El relieve del tiempo es esa fluctuación invisible que nos lleva de un lado al otro, que escapa a nuestro control y que trasciende la medición de los relojes. Es esa fluctuación y, también, las marcas que nos va dejando ese vaivén. Es, en definitiva, la silueta de nuestra existencia, el contorno que nos queda tras la erosión de las idas y venidas”.

miércoles, 15 de abril de 2015

PRESENTACIÓN EN MADRID DE "EL OSCURO RELIEVE DEL TIEMPO"

Este sábado 18 de abril, a las 19:45, en Cervantes y Compañía, presentación de El oscuro relieve del tiempo. Al finalizar el acto, por cortesía de Edicions Cal·lígraf, se invitará a los asistentes a una copa de vino.