lunes, 23 de julio de 2012

MANOS MANCHADAS


La mujer de las ojeras le dice al hombre del gesto aséptico que insista cada día, que se las lave a conciencia a ver si aquello desaparece. Él obedece y se aplica con una minuciosidad de cirujano, casi con sevicia. Sin embargo, la mancha parduzca, a tramos cenicienta, que se extiende por dorso y palmas, sigue ahí, con una terquedad insolente. Tres, cuatro, cinco minutos de ritual. Solo para complacer a su esposa. Sabe que la mancha permanecerá. Sabe cuándo surgió. Sabe cómo desaparecería. Sí, lo sabe. Solo espera que ella no lo acabe relacionando con sus últimas excusas y  disimulos, con su llegada a altas horas, con aquellas bolsas de basura por las que el otro día le preguntó preocupada. 
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*Uno ReCiclado. Aunque he rehecho el inicio, claro. 

jueves, 5 de julio de 2012

CONCURSO DE MICRORRELATOS "CUENTO MENGUANTE"


Hoy he recibido una noticia que me hace muy feliz: haber quedado tercer clasificado del Concurso de Microrrelatos "Cuento Menguante" organizado por la prestigiosa revista Quaderni Ibero Americani El microrrelato debía tener como temática el viaje o la cultura. Y yo envié este que tenía por ahí. 



EL EFECTO BERNOULLI 

Existe un principio aerodinámico que explica la vibración de las cuerdas vocales al hablar. También explica las corrientes de aire y los portazos. Es el efecto Bernoulli. Y lo que cuesta más de entender es que una ley física esté en el origen de los secretos y las mentiras. Pero fue así, y ocurrió en el interior de un tren.
El viaje no era otra cosa que una cesión, y esa cesión traía aparejada un trámite burocrático absurdo. Me levanté de mi asiento de madrugada para echar un cigarrillo en el vagón de fumadores. A esas horas apenas había tránsito por los pasadizos, así que lo esperable era no cruzarse con nadie. Pero el encuentro se produjo, justo en la intersección ruidosa e inestable de dos vagones. Ella salía del lavabo, con la mirada hundida en su bolso, en el que estaba rebuscando algo. Alzó los ojos antes de chocar conmigo y nos quedamos a un palmo escaso de distancia. Nos vimos. Nos miramos. Y entonces una fuerza de succión atrajo de manera salvaje nuestros cuerpos: quedamos a merced del efecto Bernoulli. Ni tan siquiera nos hablamos, porque en aquellos momentos fuimos un puro instinto.
Entramos al lavabo del que ella salía, cerramos la puerta, nos desnudamos con la prisa que provoca la carne impaciente y acabamos haciéndonos el amor con codicia, hasta volvernos los dos una espiral de jadeos. Fue un placer sin nombre o límite. Al acabar, cada uno siguió su camino.
Me encendí el cigarrillo pendiente mientras volvía a mi vagón despacio, paladeando un punteo persistente de placer en el cuerpo. Desde lejos comprobé que ella, la otra, la otra ella seguía durmiendo. Y que ni así había conseguido desprenderse de la misma expresión alelada que tenía en su rostro desde hacía una semana, cuando accedí a hacer aquel viaje en el que íbamos a buscar su partida de bautismo para que por fin pudiéramos casarnos.