lunes, 21 de diciembre de 2015

SOLAS

El rugido de siempre la expulsa del sueño, el sueño como intervalo precario del miedo: el padre blasfema mientras va y viene, mientras golpea lo primero que encuentra a su paso. Ahora parece que arrastra una escalera. Y el rugido vuelve: ni se os ocurra tocar el cuadro de la luz, ¿me oís, desgraciadas?, ¿me oís, las dos?, voy a ver si arreglo la puta lámpara.

Entonces la niña se levanta sigilosa, coge un taburete, camina por el pasillo, dirige sus ojos temblorosos a la puerta entornada tras la que está el padre, y avanza, con sus pasos de arena, hacia el recibidor. Un pequeño sobresalto al llegar: allí está la madre, que, al notar su presencia, la mira con el ojo que puede mantener abierto. Las dos observan un momento el cuadro de la luz. Vuelven a mirarse: tres ojos encharcados que hablan con un miedo antiguo. La niña asiente. Asiente mientras aprieta la mano madre.

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Este microrrelato llegó a las deliberaciones finales del VI Microconcurso de La Microbiblioteca en el mes de noviembre. Junto a conocidos y amigos como Rafael Olivares, David Vivancos y Elisa de Armas. 

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