lunes, 11 de enero de 2016

EL REVERSO DE LA HERIDA

Hay un silencio de ídolo caído, a pesar del rugido del motor. El chico de quince años, desde el asiento de atrás, observa el perfil mineral de sus tíos. Y sigue concentrado en ese silencio como de algas que anestesia su memoria. De repente, despunta un sonido delgado  y grotesco que rompe ese equilibrio. Una pieza desajustada de la furgoneta, quizás. El sonido es la hoja desdentada de una sierra, la risa de un duende esquizofrénico. El ruidito persiste, en el tiempo y en su ridiculez. E irrumpe, efervescente, en la cabeza del chico, quien comienza a experimentar un cosquilleo intenso por detrás de la nariz.
A continuación viene la mueca: se abren las aletas nasales, las comisuras de los labios se estiran y las cejas se arrugan. El chico intenta contener una fuerza que arranca desde algún lugar oscuro, impulsada por el chirrido cínico y persistente. Pero el estallido es inevitable. Al chico se le escapa una risa nerviosa, acompañada de un movimiento frenético de hombros. Al cabo de pocos segundos, sin embargo, ese sonido de rueda pinchada va abriéndose lentamente. Y se retrae para tomar impulso: se desplaza hacia la epiglotis, hacia la laringe, hacia la conciencia. Desde esas profundidades, la risa emerge de otra forma, inflamada y llena de aristas, resquebrajada, también, e impregna el interior de la furgoneta de un relieve macabro. Ahora es una risa gigantesca y negra. 
La tía, entonces, se vuelve ligeramente: ha empezado a llorar otra vez. El tío conserva su perfil mineral, mientras aminora la marcha, realiza un par de maniobras y estaciona la furgoneta. El ruidito por fin cesa. La carcajada, también. Y se impone de nuevo el silencio, aunque ya no sea el mismo. Los tres bajan del vehículo. Abrazados y cabizbajos, se encaminan hacia la entrada del cementerio.
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El oscuro relieve del tiempo. Figueres: Cal·lígraf. 2015

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